
La fuerza de los 32 no se mide: solo puede sentirse
Dolor y orgullo por los 32 hermanos caídos en combate. Ante cada resto sagrado y cubierto con la bandera nuestra, esta reportera hablaba este jueves consigo misma y volvía a preguntas que siempre le han desvelado: ¿En qué parte del alma está el heroísmo? ¿Qué fuerza tiene ese heroísmo que, siendo intangible como el alma que lo pare, estremece a pueblos enteros y deja lecciones que no se marchitan ni olvidan?
En cada caja pequeña, un nombre con sus apellidos, una vida que se apagó poco después de la última bala en el peine, o incluso altes. La metralla enemiga traspasó la fragilidad de los cuerpos, pero no pudo apagar decisiones de honor, así como una proa no puede tajar una nube de ideas -como nos lo dejó dicho el Ángel Martí.
Duele en lo profundo la pérdida de esas vidas tan valiosas. Y en medio del desgarramiento, alivia saber que los 32 descansarán en suelo natal. Otra vez se nos aproxima el Apóstol para recordarnos que el mejor árbol es aquel que tiene debajo a un muerto; y otra vez la historia nos muestra su rostro de disyuntivas sin matices, eso inexorable que está encerrado en la elección de Patria o Muerte, y esa naturaleza única de los hijos de esta Isla también única -que ha dado seres inmensos, leyendas múltiples, poetas y poesía que se nos ha entrado por los poros y nos hace entender la belleza y el sentido de morirnos como se ha vivido.
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Este jueves el General de Ejército Raúl Castro Ruz fue el primero entre los que estuvieron presentes cuando llegaron los restos mortales -esos que descendieron del avión resguardados por combatientes muy jóvenes-. También estaban el Presidente Díaz-Canel, y otros dirigentes de la Revolución. El enemigo debería tomar nota de cómo hay momentos que se asumen con total serenidad -con el dolor adentro-, y de cómo las generaciones de un pueblo se entreveran hasta hacer un tejido compacto, vigilante, que es mejor no tocar nunca.
En varios momentos de la ceremonia de llegada las cámaras televisivas apuntaban a los rostros de los familiares adoloridos: una muchacha apretaba junto a sí a una cubana mucho más tierna que ella. El dolor no daba más espacio que al silencio y a los acordes conmovedores del Himno Nacional -hermoso himno de combate-. Y otra vez la realidad de la muerte habitaba entre todos, así como emergía en total claridad la guerra de un enemigo jurado que ha hecho de nuestra lucha un asunto con fuerza de destino.
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Siempre es difícil romper el silencio, colocar la palabra sobre el dolor. El Ministro del Interior y miembro del Buró Político, General de Cuerpo de Ejército Lázaro Alberto Álvarez Casas, lo hizo con precisión, firmeza y belleza. Entre otras verdades, habló de hermanos que cayeron lejos de sus casas pero no del deber; y recordó que la muerte no derrota a quienes caen con el fusil en la mano, defendiendo una causa justa.
“No regresan a nosotros como sombras, por el contrario: son una nueva luz que nos refuerza, enardece y compromete”, afirmó el combatiente, quien además dijo desde la pista del Aeropuerto José Martí que ellos regresan cubiertos por la bandera, bandera que “no representa una ausencia: consagra una presencia eterna”.
Como él hiciera énfasis, esta dolorosa página de la historia demuestra que “el imperialismo podrá tener armas más sofisticadas, podrá disponer de inmensas riquezas materiales, podrá comprar la mente de los vacilantes, pero hay algo que jamás podrá comprar: la dignidad del pueblo cubano”.
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“Los pueblos no se hacen grandes por sus riquezas materiales, sino por su capacidad de mantener viva la memoria de sus héroes. Nosotros jamás los olvidaremos, los recordaremos siempre, en cada esfuerzo, en cada desafío, en cada victoria”.
De los 32 compatriotas se habló en presente: “Ustedes son un ejemplo de honor, son una lección para los que vacilan, son una advertencia para los que amenazan”, enunció el General de Cuerpo de Ejército. Y entonces recordé un sentimiento que hace algunos días compartí en palabras: a los invasores -que no nos conocen, que no nos calculan- el síndrome de los 32 les perseguirá hasta el fin de los tiempos, porque eso que salió fieramente al paso no es medible ni predecible en algoritmo alguno y en Cuba forma parte de lo intangible: a eso se le nombra coraje.
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Heridos en la garganta por un hueso demasiado duro -tantas veces ha sucedido-, el enemigo ha llegado a decir que somos gente estupenda. Es que no están acostumbrados a que los adversarios hagan resistencia; es que hablan en números pero, en su carrera de compra y venta, olvidaron esa fuerza feroz que el alma sabe parir, que no es corpórea y sin embargo mueve todos los portones históricos.
A eso intocable nosotros le decimos lo heroico. Es esa fuerza que otra vez nos ha elevado por encima de todas las lágrimas, y que hasta nos blindó de la lluvia helada que este jueves cayó sobre los hombros, como señal poética de que hasta el cielo nos puede acompañar en la indignada tristeza.
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