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¡131 AÑOS DE “DICHA GRANDE”! El desembarco de José Martí y Máximo Gómez por Playita de Cajobabo

Katherin Hormigó Rubio
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El desembarco de Martí y Gómez por Playita de Cajobabo es un legado de sacrificio, de que la patria se construye con riesgo y con unión. Como dijo el Apóstol: “La libertad no se mendiga, se conquista”. Y Gómez, siempre práctico: “¡A la carga, muchachos!”

En la madrugada del 11 de abril de 1895, bajo un aguacero implacable, un pequeño bote tocó las piedras de Playita de Cajobabo, en el actual municipio de Imías, Guantánamo. En él venían José Martí y Máximo Gómez, acompañados por Francisco Borrero, Ángel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario. Martí, el Apóstol, lo anotó en su Diario de Campaña con tres palabras que hoy resuenan como un grito de victoria: “Salto. Dicha grande”.

No fue un desembarco cualquiera. Fue el momento en que la Revolución Cubana del 95 pasó de ser una llama lejana en el exilio a un incendio nacional. Hoy, a 131 años, este rincón de la costa sur guantanamera sigue siendo Monumento Nacional, testigo silencioso de cómo la continuidad de la lucha, la unidad de sus líderes y un legado imborrable cambiaron para siempre la historia de Cuba.

La travesía heroica: de Montecristi a la manigua

Todo comenzó semanas antes. Martí y Gómez habían firmado el Manifiesto de Montecristi el 25 de marzo de 1895, el programa revolucionario que definía la guerra como “necesaria” para lograr una república “con todos y para el bien de todos”. Partieron de República Dominicana a bordo de la goleta Brothers, pero los marineros desertaron. En Haití abordaron el vapor alemán Nordstrand y, tras una escala en Cabo Haitiano, decidieron jugársela en un bote de remos en plena noche y tormenta.

“Arribamos a una playa de piedras, la Playita (al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande”, escribió Martí. Gómez, el Generalísimo de 62 años, veterano de mil batallas, pisó tierra cubana con el mismo fuego que en la Guerra de los Diez Años. Aquella noche dormían en el suelo, cerca de una casa humilde, mientras los españoles los buscaban. Pero ya estaban en casa. La guerra, iniciada con el Grito de Baire el 24 de febrero, tenía por fin a sus dos máximos dirigentes en la isla.

Este desembarco no fue el comienzo, sino la continuación lógica de una lucha que llevaba casi tres décadas. La Guerra de los Diez Años (1868-1878) había quedado inconclusa con la Paz del Zanjón, una tregua que muchos mambises, entre ellos Gómez y Antonio Maceo, nunca aceptaron del todo. Maceo, el Titán de Bronce, había desembarcado apenas diez días antes, el 1 de abril, por Playa Duaba en Baracoa. Con su llegada y la de Martí y Gómez se completaba la triada legendaria.

“Los cubanos empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos”, proclamaron en Montecristi. Era la misma causa: independencia total, sin anexión ni coloniaje. La Guerra Necesaria era la respuesta a las promesas rotas de 1878 y al dolor acumulado de generaciones que no aceptaron ser “colonia para siempre”.

La unidad: la visión de Martí y la espada de Gómez

Uno de los grandes logros de ese 11 de abril fue la unidad real entre el pensamiento y la acción. Martí aportaba la estrategia política, la organización del Partido Revolucionario Cubano y la idea de una Cuba libre de odios raciales y de caudillismos. Gómez, el dominicano que amaba a Cuba como propia, traía la experiencia militar, la disciplina y el conocimiento de la guerra de guerrillas.

Juntos superaron diferencias y forjaron un mando unido. Días después, en La Mejorana, se reunirían con Maceo. Aunque hubo debates (Martí defendía la república civil; los generales, la eficacia militar), la unidad prevaleció. Esa misma unidad permitió la Invasión de Oriente a Occidente en 1895-1896, que llevó la guerra a todo el país y quebró el poder español. Sin ella, la insurrección habría quedado aislada en Oriente.

El salto de Martí en Playita de Cajobabo no terminó con su muerte en Dos Ríos el 19 de mayo. Su legado es la base de la Cuba independiente que surgió en 1898 y, sobre todo, de la Revolución que en 1959 reivindicó sus ideales.

Hoy, el monumento de mármol en forma de bote, adosado al farallón de Cajobabo, recibe a cientos de jóvenes y estudiantes. En 1995, Fidel Castro lo visitó en el centenario y recordó que “aquí se completó la presencia en Cuba de los tres principales jefes”. 

El desembarco de Martí y Gómez por Playita de Cajobabo es un legado de sacrificio, de que la patria se construye con riesgo y con unión. Como dijo el Apóstol: “La libertad no se mendiga, se conquista”. Y Gómez, siempre práctico: “¡A la carga, muchachos!”.

Este 11 de abril, Cuba vuelve a sentir esa “dicha grande”. Porque el desembarco de Martí y Gómez no fue solo un hecho del siglo XIX: es la prueba de que, cuando la lucha es justa y la unidad es real, ningún imperio puede detenerla.

Palabras clave
Cuba
José Martí

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