Rafael Trejo: Hay que sacrificarlo todo por Cuba

Lic. José Carlos Díaz Borges
Departamento de Historia de Cuba, Universidad de La Habana
Ávido lector de la obra martiana, Trejo contó desde bien temprano con una aguda sensibilidad social y perspicacia política.

Rafael Trejo González nació el 9 de septiembre de 1910 en el poblado de San Antonio de los Baños, antigua provincia Habana. Su madre Adela González, trabajaba como maestra rural, mientras que su padre Rafael Trejo, ejercía su doctorado en Derecho en un despacho del ayuntamiento municipal.

En 1919 la familia se muda a la barriada capitalina de la Víbora, donde el niño cursa sus primeros estudios. Posteriormente matriculó el bachillerato en el Colegio de Belén, donde conseguiría calificaciones brillantes para orgullo de su familia hasta que, en su último año, deciden trasladarle hacia el Instituto de La Habana, donde continuó con su excelente recorrido estudiantil.

Ávido lector de la obra martiana, Trejo contó desde bien temprano con una aguda sensibilidad social y perspicacia política. Imbuido dentro del acontecer insular desde su etapa en la enseñanza media, no extrañaría lo relatado por Raúl Roa sobre el día en que matriculó en la carrera de Derecho. Sobre esa fecha comentaba, quien después llegaría a la titularidad de cancillería revolucionaria, el modo en que aquel muchacho, ya amigo suyo, para el momento, le confesó:

“Voy a matricularme en Derecho Público y en Derecho Civil. Creo que he cogido la carrera más acorde con mi vocación y temperamento. Desde hace muchas noches sueño con el estrado; pero no creas que mi aspiración es hacerme rico a expensas del prójimo. Mi ideal es poder defender algún día a los pobres y los perseguidos. Mi toga estará siempre al servicio de la justicia. También aspiro ser útil a Cuba. Estoy dispuesto a sacrificarlo todo por verla como quiso Martí.”

Entraban en la escena política los años treinta y, con ellos, Rafael Trejo encontraría vinculación dentro del estudiantado universitario en oposición a la dictadura machadista y a favor de las reformas propuestas por Julio Antonio Mella. Junto a otros estudiantes, desaparecieron la tarja de la Escuela de Derecho en donde se exaltaba al régimen y Trejofueelecto vicepresidente de la Asociación de Estudiantes de dicha facultad.

Sumido en una verdadera vorágine revolucionaria, el estudiantado universitario espoleaba cada vez con mayor fuerza los esfuerzos del gobierno por estabilizar la situación política y retornar a la sacrosanta tranquilidad social. Ello no hizo más que exaltar los ánimos del tirano, quien cerró filas junto a los órganos represivos en el inaplazable ajuste de cuentas. Llegaba así el día 30 de septiembre la convocatoria a una gran manifestación anti-machadista en el parque Eloy Alfaro, lugar desde donde partirían hacia el Palacio Presidencial.

Para la fecha, Rafael Trejo vistió el traje más deteriorado que tenía y, también en señal de protesta, seleccionó su peor sobrero de pajilla. Comentaron algunos de sus más allegados que Trejo, en claro sentido de broma, había expuesto antes de salir para la manifestación, la necesidad de víctimas para que el hecho trascendiese.

La manifestación, haciendo gala de lo que ya constituía una tradición, bajó por la escalinata de la Universidad buscando la calle Infanta, donde aguardaban acantonados varios batallones de la policía machadista. La esquina de San Lázaro e Infanta sería el punto de no retorno de los sucesos: las fuerzas represivas cargaron con todo al ver que la marcha no se detenía, los manifestantes con la bandera cubana y un toque de corneta mambisa resistieron como pudieron.

 De los distintos encontronazos entre estudiantes y policías, uno resultó fatal: luego de un extenso combate a puños y ante la inferioridad evidenciada, el guardia extrae su revólver y dispara. Estupefacto, Trejo se aparta de su agresor para, de a poco, caer ensangrentado sobre el pavimento colmado de casquillos y manifiestos.

Uno de los sus últimos compañeros en verle con vida, expresaría posteriormente en una aclamada crónica, la entereza humana de Rafael Trejo que, herido de muerte, le regaló una tranquilizante sonrisa mientras ambos se encontraban en la Sala de Urgencia del Hospital Municipal. Pablo de la Torriente Brau saldría a los pocos minutos con la cabeza vendada y un preciso listado de disposiciones médicas, pero su compañero de luchas perdería su vida en un quirófano horas más tarde, no sin dar acostumbrada batalla.

Falleció sobre las 9:50 p.m. el recio muchacho de 20 años, amante de la buena música, el baile, los deportes náuticos y el ajedrez. Se apagaba así su personalidad resplandeciente y atractiva, convirtiéndose en definitiva, en “la víctima necesaria”.