La Revolución Cubana va a la raíz de todo mal

Raúl Castro Ruz
Granma
Entre las transformaciones que impulsó el proceso emancipador cubano, nada levantó tanta expectación, tanto entusiasmo en América Latina como nuestra Reforma Agraria

Nuestra Revolución ha tenido, está teniendo ahora y tendrá también en lo adelante una gran repercusión en todos los países de la América Latina.

Esto no se debe solo a la cercanía geográfica, a la lengua común y a las similares coincidencias de desarrollo histórico a partir de los viajes de Colón y la conquista. Tampoco se debe únicamente a la forma excepcional en que se desarrolló nuestra Revolución, partiendo de guerrillas que se transformaron en columnas del Ejército Rebelde y batieron al Ejército profesional de la tiranía hasta alcanzar una victoria completa, sin compromisos ni mediatizaciones. Una guerra que duró dos años y conmovió a los pueblos hermanos. La victoria alcanzada, que parecía imposible, los electrizó.

Pero ese entusiasmo hubiera durado poco si las masas de esos países no hubieran visto más que la forma heroica de la lucha cubana, si nuestra Revolución se hubiera limitado, como otras de América Latina, a los cambios políticos, a la sustitución de los hombres en el poder, a la restauración de las libertades y los modos políticos tradicionales.

El entusiasmo de las masas latinoamericanas por la Revolución cubana se mantiene, se reafirma y extiende debido, principalmente, a su carácter, a su profundidad, a que es una Revolución radical del pueblo; una Revolución que, tanto en lo político como en lo económico y lo social, va a la raíz de los males de nuestros pueblos y produce transformaciones profundas, decisivas, históricas.

Los problemas capitales de los países latinoamericanos son similares, por muchas diferencias que haya de uno a otro país. Todos los países sienten en mayor o menor grado el peso de la explotación y la intervención de los intereses extranjeros.

Todos los países latinoamericanos padecen por el subdesarrollo económico, por la inflación y la carestía, por el desempleo endémico, por la baja renta nacional, por el hambre y la miseria que agobia a amplios sectores de estos pueblos. Todos se quejan, en mayor o menor medida, de la inflación y la acción de las oligarquías, de los grupos políticos conservadores y reaccionarios que para alcanzar el poder o conservarlo se subordinan a los poderosos intereses explotadores extranjeros, que se fortalecen y aumentan su dominio con las cesiones y concesiones frecuentes que les hacen a costa de las riquezas nacionales y de los intereses de los propios empresarios nacionales.

Muchos países latinoamericanos se quejan de la acción de grupos de militares profesionales que se encaraman sobre el país, que se imponen por encima de los poderes constitucionales y de los funcionarios elegidos que, guiados por desbocadas aspiraciones personales y por deseos de preeminencia y privilegios de cuerpo, sirven de instrumentos de los peores intereses, internos o exteriores.

El latifundismo es un mal de casi toda la América Latina. Y es un mal que origina y agrava muchos de todos esos otros males que hemos mencionado. No es raro por eso que, en cada vuelta política, en cada cambio de los hombres en el poder, se hable de reformas agrarias que, generalmente, solo se limitan, cuando han sido emprendidas, a poner perchas y remedios a una mala situación, a adoptar medidas secundarias que, sí producen algún alivio transitorio, no superan en definitiva el estatus vigente.

 

LATIFUNDISMO, MAL DE AMÉRICA LATINA

El mal de males de la América Latina es, por una parte, la limitación de la soberanía nacional y la subordinación de la economía a poderosos intereses extranjeros que se organizan por los monopolios, y, por otra parte, el latifundismo, que constituye una barrera fatal para la independencia económica y el desarrollo económico.

Cuando hablamos con un latinoamericano de cualquiera de nuestros países, sea de la clase social que sea, empresario u obrero, hombre de campo o de la ciudad, líder político o líder social, encontramos a cada paso, en sus descripciones, casos y cosas que nos recuerdan nuestros propios problemas, nuestras propias dificultades, nuestros propios males pasados y presentes.

Cuando Martí hablaba de nuestra América, cuando no limitaba su patria a nuestras queridas islas, sino que se consideraba como hijo y servidor de toda Nuestra América, tenía presente, seguramente, esta similitud de los males que nos azotan, de los enemigos que nos atacan, de los peligros que nos amenazan.

Nuestro es Martí, como nuestros son el cura Hidalgo, y el indio Juárez, Bolívar y San Martín, Artigas y O'Higgins, Betances y Eloy Alfaro.

Sufrimos por nuestros males y por los males de todos los pueblos hermanos de América Latina.

La América Latina lucha contra los males que se oponen a su progreso y desarrollo, que se oponen a la libertad, al mejoramiento y al bienestar de sus pueblos.

Las convulsiones continuas de esta parte del mundo actual, las crisis internacionales, los cambios políticos frecuentes, la sucesión de tiranías y revoluciones, de golpes de Estado reaccionarios y de conquistas democráticas y progresistas, de poderosos movimientos populares y de represiones sangrientas, de huelgas y restricciones a los derechos laborales, son las manifestaciones más dramáticas y visibles de los graves males fundamentales que nos agobian, en cuya base están el estatus de países dependientes de estructura semicolonial y el consiguiente subdesarrollo económico, con su pobreza y su atraso.

La Revolución Cubana, por su dramatismo heroico y por su profundidad radical, ha venido a ser como un catalizador de las enormes energías de los pueblos latinoamericanos, como un catalizador de todas las tendencias que quieren para nuestros países libertad, desarrollo y progreso.

La Revolución Cubana es una revolución de verdad, no de curitas de mercurocromo; una revolución que no contemporiza ni entra en compromisos con los intereses creados opuestos al pueblo. Por eso se gana el corazón de América Latina, por eso tiene tan hondas proyecciones y repercusiones en los países hermanos.

Cuba está haciendo lo que cada país latinoamericano comprende que debe hacer y quiere hacer. No se trata de que cada país ha de hacer los mismo y en la misma forma en que nosotros lo hemos hecho. Se trata de que contra males semejantes hacen falta remedios similares. Se trata de que la acción revolucionaria y transformadora de Cuba alienta a los pueblos latinoamericanos, les da conciencia más alta de sus fuerzas.

 

ENTUSIASMO EN AMÉRICA LATINA POR REFORMA AGRARIA

Nada levantó tanta expectación, tanto entusiasmo en América Latina como nuestra Reforma Agraria, la Ley cubana de Reforma Agraria le parte de frente al latifundismo y le prescribe y elimina. Recupera las tierras en manos de compañías extranjeras y las pone en las manos seguras de la nación y del pueblo. Hace propietarios a los arrendatarios, colonos aparceros y peones. Organiza las cooperativas para la explotación en grande, con máquinas y técnica avanzada de la tierra.

Los hombres avanzados, de América Latina los estudiantes inquietos por las cuestiones sociales, los demócratas, los dirigentes y activos del sindicalismo, los campesinos, los hombres y mujeres de los pueblos latinoamericanos, consideran nuestra Reforma Agraria como la mayor contribución de Cuba a la causa común de la liberación y el progreso de nuestra América.

Cuando nuestro líder y Primer Ministro fue a Buenos Aires y pidió 30 000 millones de pesos, sin condiciones políticas, para el desarrollo económico latinoamericano habló por todos nuestros pueblos.

Era no el vocero de Cuba, sino el vocero de toda la América Latina que sufre y lucha, estudia y trabaja, que siembra y construye.

La campaña de difamación de calumnias y mentiras contra la Revolución Cubana originada en los círculos de los grandes monopolios de Estados Unidos y mantenida persistentemente, con tenacidad feroz y odio no disimulado por sus agencias de «noticias» (...), no ataca solo a la Revolución Cubana y a los que estamos a su frente o colaboramos desde cualquier posición a su desarrollo y avance, sino a las aspiraciones y esperanzas más sentidas de los países latinoamericanos.

La existencia del Gobierno Revolucionario cubano, la realización de nuestra Reforma Agraria, el mantenimiento de nuestra independencia y soberanía, el progreso de nuestras medidas para transformar la economía, mejorar el nivel del pueblo, reducir el desempleo, acabar con el analfabetismo y hacer la revolución cultural, terminar la discriminación racial, extender nuestro comercio con todos los países del mundo, desarrollar nuestras relaciones exteriores sobre nuevas bases, darle viviendas decentes a la familia, asegurar a todos las libertades básicas y el disfrute de los derechos humanos, etc., obliga a los enemigos y opresores de los pueblos latinoamericanos a aflojar sus presiones, a tratarlos con más cuidado, a hacer concesiones, a considerar de un nuevo modo los problemas del desarrollo económico de la América Latina.

Fuente: Fragmentos de la conferencia «El mensaje de la Revolución Cubana», ofrecida en Casa de las Américas, el 11 de septiembre de 1959.