La OEA que no nos representa, ni la queremos en América Latina y el Caribe (I)

Roxana Núñez Wilson
PCC
El papel de marioneta y organización sin credibilidad se puso de manifiesto cuando acordó Resoluciones en favor de importantes temas para la región, entre ellos los relacionados con la Guerra de las Malvinas (1982), los cuales fueron completamente ignorados por los Estados Unidos.

México será el punto de encuentro de los países miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), este 18 de septiembre, como parte de la VI Cumbre de la organización, a la que asistirán 17 mandatarios, 2 vicepresidentes, 9 cancilleres y otras autoridades de primer nivel del continente americano.

Así lo había anunciado la cancillería mexicana y lo confirmó este martes el presidente de ese país, Andrés Manuel López Obrador en su Conferencia de prensa matutina.

Uno de los temas que más expectativas ha generado de los que deberán debatirse en este encuentro, será la propuesta ya anunciada de sustituir o eliminar la Organización de Estados Americanos (OEA) por una organización regional -que pudiera ser la propia CELAC- más apegada a los intereses reales de los pueblos de la región, sin injerencias ni imposiciones, sin entreguismo imperial.

Un breve recorrido por la historia de la nefasta OEA

La “Carta de la OEA”, firmada por los 21 países (incluidas Cuba y Venezuela) participantes en la IX Conferencia Internacional Americana de Bogotá, el 30 de abril 1948, en su Artículo 1 declara que la Organización se creaba  “para lograr UN ORDEN DE PAZ Y DE JUSTICIA”, fomentar la solidaridad, robustecer la colaboración y defender la soberanía, integridad territorial e independencia de sus Estados miembros.

Hacía además, especial énfasis en que ninguna de las disposiciones de dicha carta la autoriza “a INTERVENIR en asuntos de la jurisdicción interna de los Estados".

Sobre la Primera Conferencia Panamericana, que culminó en el mes de abril de 1890 y fue convocada por el gobierno estadounidense, diría nuestro José Martí: “Aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos.”

Fue el inicio del Panamericanismo, entendido en la práctica como el dominio económico y político de Estados Unidos sobre el continente bajo la supuesta "unidad continental", lo que se asemejaba más a una primera definición de la Doctrina Monroe: “América para los americanos”.

Entre 1899 y 1945 hubo ocho conferencias similares, tres reuniones de consulta y varias conferencias sobre temas especiales; de esta manera se fue estableciendo el avance de la penetración económica, política y militar de EE.UU. en América Latina.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. reunió a América Latina en la Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y la Paz, de Chapultepec, con el objetivo político de alinear a los países de la región para enfrentar el proceso que vendría con la creación de la ONU.

Tal como recuerda el fiscal y escritor cubano Miguel Ángel García Alzugaray, gracias a esos extensos esfuerzos, en el artículo 51 de la carta de las Naciones Unidas se preserva la solución de controversias mediante métodos y sistemas "americanos”, lo que se tradujo en agosto de 1947 en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, más conocido como TIAR.

Con el TIAR se reafirma el principio de "solidaridad" al estilo de Washington, lo que le permite enfrentar cualquier situación que pusiera en peligro "su paz" en América y adoptar las medidas necesarias, incluida el uso de la fuerza.

Así, cuando se crea la OEA en 1948, muchos de los principales postulados del TIAR se trasladaron a su Carta Magna, convirtiéndose, según palabras de Arzugaray, “en el instrumento jurídico ideal para la dominación estadounidense en el continente”.

Efectivo títere norteamericano

Mucho se ha hablado sobre el enorme descrédito de esta organización. Pero, ¿a qué se debe, en lo fundamental, el desprestigio de la OEA? Lo primero que hay que decir es que su actuar no es nuevo. Su doble rasero, el uso de la política interregional a conveniencia, la defensa acérrima de los intereses exclusivos de los EE.UU., el ignorar las realidades de las mayorías en toda Latinoamérica y el incumplimiento por ella misma de varios de sus principios fundamentales, son solo algunos de los aspectos por los que se le acusa.

Son visibles en su accionar - por ejemplo - sus grandes omisiones, entre ellas la falta de declaraciones formales sobre hechos de extrema gravedad para el continente, como lo fue la invasión mercenaria a Playa Girón, en abril de 1961 y todas las demás acciones terroristas cometidas contra Cuba.

Su silencio ante la Operación Cóndor y los conflictos bélicos en Centroamérica, la invasión a Panamá en 1989 y el golpe de Estado en Venezuela en abril de 2002, son también puntos negros con los que carga la OEA.

Pero no es solo su silencio. El papel de marioneta y organización sin credibilidad se puso de manifiesto cuando acordó Resoluciones en favor de importantes temas para la región, entre ellos los relacionados con la Guerra de las Malvinas (1982), los cuales fueron completamente ignorados por los Estados Unidos.

En aquellos momentos los países miembros de la OEA debatieron por días un proyecto de mediación sobre el conflicto bélico en el archipiélago austral. Una primera resolución aprobada ese año exhortaba a ambos países a una tregua que fue desoída por el gobierno británico. Un segundo documento criticaba a Estados Unidos por ampliar las medidas coercitivas unilaterales contra Argentina y apoyar al Reino Unido -incluso de forma material-, pero nada pasaría entonces. 

Así reconocía la OEA sus propias limitaciones respecto al comportamiento de los EE.UU. y su ineficacia como mediador de conflictos entre Estados y como garante de la paz y la soberanía de los pueblos.

Para los pueblos de América es imposible olvidar su apoyo a la intervención militar en la Guatemala de Jacobo Arbenz en 1954 y el golpe militar de 1983 en Granada, cuando el Primer Ministro Maurice Bishop fue derrocado y asesinado, produciéndose la intervención norteamericana en esa pequeña isla del Caribe; además de patrocinar la invasión a República Dominicana en 1965, patrocinada por los Estados Unidos y otros países miembros de la Organización.

Figura también entre los puntos más señalados en contra de la OEA su respaldo a regímenes dictatoriales de la región como lo fue el de Rafael Videla, en 1976, en Argentina; Augusto Pinochet, en 1973, en Chile; Alfredo Stroessner, en 1954, en Paraguay; Juan María Bordaberry en Uruguay y Hugo Bánzer en 1971 en Bolivia. Ninguno de esos gobiernos fue condenado por la OEA por violar derechos humanos y por sus tantos crímenes.

Tampoco se puede dejar de mencionar la expulsión de Cuba de la Organización, en Punta del Este, Uruguay, el 31 de enero de 1962, mediante una resolución en la que se afirmaba que “la adhesión de cualquier miembro de la OEA al marxismo-leninismo es incompatible con el sistema interamericano”. En otras palabras, el pueblo cubano fue excluido de este ente regional por ejercer su soberanía e independencia.

Todos estos hechos han acontecido en clara violación de los principios de su carta magna, que esgrime el derecho de no intervención en los asuntos internos de una nación soberana y en la búsqueda de un orden de paz y justicia regional.

Aunque la OEA pidió oficialmente disculpas por la invasión norteamericana a Guatemala, 50 años después de ocurrida, en 2016 y en junio de 2009 se eliminó la resolución que en 1962 expulsó a la Mayor de las Antillas de ese foro continental, le quedan muchas disculpas por dar aún, traducidas en la pérdida de vidas inocentes, en destrucciones y heridas de todo tipo, imposibles de sanar.

Cuba, por su parte, ha reiterado una y otra vez que nunca volvería a ser parte de esa organización, responsable de acciones directas contra nuestro pueblo. Al respecto, el académico y politólogo argentino Atilio Borón afirmaba en su blog personal: “No sólo Cuba no tiene nada que hacer en la OEA. Tampoco los demás países de América Latina y el Caribe.”

La OEA que no nos representa, ni la queremos en América Latina y el Caribe (II)