El último vuelo del U-2 sobre Cuba

Delfín Xiqués Cutiño
Granma
La violación de nuestro espacio aéreo llegó a tal punto que, además de los aviones espías, eran frecuentes los vuelos rasantes. Aumentaba el peligro de un golpe aéreo sorpresivo

La Crisis de Octubre comenzó en la tarde del 22 de octubre de 1962, cuando el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, desde el Despacho Oval de la Casa Blanca, se dirigió a la nación por medio de las cadenas de radio y televisión, para revelar que aviones U-2 habían detectado y fotografiado emplazamientos de «cohetes ofensivos» en territorio cubano.

A los pocos minutos, las palabras del Presidente daban la vuelta al mundo y se convertían en una preocupación para la paz a nivel global, por su contenido amenazante, que podía provocar un conflicto nuclear sin precedentes entre Cuba, la URSS y Estados Unidos.

Y a Cuba le asistía, como le asiste ahora, el derecho, como país soberano, a mantener en su territorio las armas defensivas que estime más convenientes.

Al atardecer de ese martes, 22 de octubre, el Comandante en Jefe Fidel Castro dio la alarma de combate –que solo se establece en los casos de más crítico peligro– a todas las Fuerzas Armadas Revolucionarias. La medida fue tomada como consecuencia de las noticias procedentes de Estados Unidos, y la movilización de fuerzas militares estadounidenses contra nuestro territorio.

Comenzaron entonces «los 13 días que mantuvieron en vilo la paz mundial». Durante ese tiempo Cuba, la URSS y Estados Unidos intercambiaron mensajes, cartas y contactos diplomáticos. Hasta U Thant, secretario general de la ONU, intervino en el grave conflicto militar.

Pero la situación no parecía mejorar. Al contrario, aumentaba la tensión porque Estados Unidos, lejos de detener los ilegales vuelos sobre territorio cubano, mientras se buscaba una solución diplomática a la grave crisis militar, los intensificó.

La violación de nuestro espacio aéreo llegó a tal punto que, además de los aviones espías, eran frecuentes los vuelos rasantes, lo que aumentaba el peligro de un golpe aéreo sorpresivo aprovechando esa situación.

El viernes 26, el Comandante en Jefe Fidel Castro se reunió con el Jefe de la Agrupación de las Tropas Soviéticas, a quien le informó, entre otras cuestiones, la decisión del Gobierno cubano de hacer fuego contra los aviones que violaran nuestro espacio aéreo en vuelo rasante, a partir del amanecer del siguiente día.

Además, acordaron incorporar los radares de los grupos coheteriles antiaéreos a la guardia combativa, para detectar esas peligrosas incursiones enemigas con tiempo suficiente.

Muy temprano en la mañana del sábado 27, el mayor Rudolf Anderson Jr. se encontraba a bordo de su avión Lockheed U-2 no. L-113-R-25565, destinado al espionaje fotográfico a gran altura, en la cabeza de la pista principal de la base aérea de la USAF en Laughlin, Texas. Tenía en una mano la lista de verificación (check list) y procedía de forma rutinaria a verificar los instrumentos de a bordo, como estaba establecido.

Terminado el chequeo, por la radio solicitó al controlador de torre el permiso para despegar. Cuando le contestaron autorizándolo, respondió con voz clara y firme: roger (recibido), y comenzó la maniobra...

Liberó los frenos, puso los flaps en ángulo de despegue, comenzó a acelerar mientras el aparato se deslizaba por la pista, hasta que levantó vuelo. Trepó a la altura de crucero y puso rumbo a un punto en la costa occidental de Pinar del Río, Cuba.

Ingresó al espacio aéreo cubano por la zona pinareña más occidental, cerca de las nueve de esa mañana. No era la primera vez que el mayor Anderson violaba el territorio de Cuba, con anterioridad lo había hecho más de diez veces en las últimas dos semanas, pero esta le costaría su vida.

Le asignaron la misión de efectuar un vuelo de reconocimiento a lo largo de la Isla, principalmente sobre los emplazamientos de los cohetes de alcance medio, y filmarlos y fotografiarlos para poder identificarlos.

El avión espía estaba equipado con sofisticados equipos capaces de filmar y fotografiar objetivos a gran altura.Tras su derribo, le fueron ocupadas películas de diferentes tamaños, entre ellas una que, por su ancho de 50 cm, permite fotografiar una faja de terreno de unos 130 kilómetros de extensión, volando a 20 000 metros.

Cuando el mayor Anderson estaba a punto de concluir su misión y volaba como «Pedro por su casa», a más de 600 kilómetros por hora, al suroeste de la provincia de Granma, con rumbo a la Base Naval en Guantánamo, fue detectado.

En un barrido del espacio aéreo circundante, en la pantalla del radar P-12, del grupo coheteril emplazado en La Anita, cerca de Banes, apareció un blanco, con acimut 254, distancia 135, y una altura de 21 kilómetros, que fue identificado como un avión espía U-2.

Inmediatamente, el jefe del grupo, mayor Iván Minovich Guerchénov, lo informa al Puesto de Mando del Regimiento y pregunta: «¿Qué misión tengo?», y le responden: «Mantener el seguimiento»...

Pasan varios minutos y el jefe de la Plana Mayor del Grupo informa: blanco 33, se acerca, acimut 141, distancia 75, altura 21. Entonces el Jefe del Grupo solicita autorización al Puesto de Mando del Regimiento para destruir el blanco y le responden: «La solicitud de destrucción está en trámite, mantener el seguimiento».

La espera se prolonga durante varios minutos y, de pronto, el jefe de la Plana Mayor del Grupo informa que se han interrumpido las comunicaciones con el Regimiento. El blanco se encuentra a unos 70 kilómetros de distancia.

Cuando el objetivo está a 60 kilómetros de distancia y no se han restablecido las comunicaciones, el jefe del grupo, mayor Minovich, decide destruirlo y ordena: «Grupo, al combate, preparar 6, búsqueda».

Cuando en las pantallas de los indicadores aparece la señal del blanco informa: «Hay blanco, solitario, se acerca, distancia 55, a mano (punto 7)».

No se restablecen las comunicaciones y, cuando el blanco está a 45 kilómetros (punto 9), el jefe del grupo ordena: «destruirlo, con dos, semipredicción, ritmo 10, 30-24».

El Oficial de Conducción ordena el paso a seguimiento automático del blanco, lo que es llevado a cabo por los operadores de seguimiento.

Cuando el blanco está a 40 kilómetros, el jefe de la Batería de Despegue informa: «seis cohetes listos para el lanzamiento».

Al llegar la marca electrónica de la distancia hasta el punto de encuentro del cohete con el blanco, a 32 kilómetros en los indicadores del oficial de conducción, este informa: «Se acerca a la zona de lanzamiento».

Cuando la marca electrónica llega a la distancia de 32, el oficial de conducción, con el pulgar de la mano derecha, oprime un botón de lanzamiento e informa: «primer lanzamiento, distancia 36».

De pronto se escucha un estampido seco, como el producido por un martillazo sobre una mesa de madera, y al momento el rugido ensordecedor del motor del cohete, que lo hace saltar vertiginosamente hacia adelante.

Diez segundos después es lanzado el segundo cohete. El oficial de conducción controla por los indicadores el vuelo de los cohetes hacia el blanco y el funcionamiento correcto de la Estación de Conducción.

Posteriormente, observa las nubes luminosas provocadas en los indicadores, por la fragmentación de los cohetes al explotar. Junto con los operadores de seguimiento, controla el comportamiento de la señal del blanco, comprueba que el avión disminuye su velocidad y pierde altura rápidamente, e informa: «Blanco destruido, acimut 143, distancia 29, uno con dos» (punto 10).

Fue el último vuelo de ese U2.

 

Fuentes:

Octubre de 1962. La mayor crisis de la era nuclear, por Rubén G. Jiménez Gómez.

La Crisis de Octubre: Una visión política cuarenta años después, 11-12 octubre 2002. Documentos cubanos desclasificados.

 

kk
Tras su derribo le ocuparon a bordo una película que permite fotografiar una faja de terreno de unos 130 kilómetros de extensión volando a 20 000 metros Foto: Archivo de Granma

 

knb
No era la primera vez que el mayor Anderson violaba el territorio de Cuba, con anterioridad lo había hecho más de diez veces en las últimas dos semanas y ésta sería la última y le costaría su vida Foto: Archivo de Granma