Divide y ¿vencerás?

Miguel Cruz Suárez
Granma
Senobio y Sabino, dos hermanos que aunque los dividía el interés político de llegar al poder a través de uno u otro partido, los unía el amor a la propiedad privada y la perversa convicción de que los pobres del barrio tendrían que seguirlo siendo para el resto de sus vidas

En una casona de estilo rural vivían Senobio y Sabino, dos tipos más malos que el mismo diablo.

Era tal su mal carácter y su permanente predisposición con las personas del barrio, que los muchachos los apodaron como los hermanos SS.

Senobio había sido del Partido Liberal durante los gobiernos previos a 1959, y Sabino perteneció al Partido Conservador; en tanto el padre de ambos, conocido por Eulogio Vinagre, se postuló para concejal por otra de las formaciones partidistas, de las siete que fueron a elecciones en 1958.

Formaban una familia medianamente acaudalada, pero jamás se preocuparon, en modo alguno, por las miserias de la población que los rodeaba, compuesta fundamentalmente por obreros agrícolas, negros en su mayoría, pobres en su totalidad.

Era una casa –la de ellos– con pluripartidismo. Debía ser, entonces, un hogar donde unos pensaran y actuaran de una manera, y otros lo hicieran de otra, incluyendo, en esa forma de actuación, las discrepancias en todos los temas o asuntos de la vida cotidiana.

Pero resulta que no era así, porque, aunque los dividía el interés político de llegar al poder a través de uno u otro partido, los unía el amor a la propiedad privada y la perversa convicción de que los pobres del barrio tendrían que seguirlo siendo para el resto de sus vidas, porque, en su opinión, pertenecían a esa clase menos favorecida porque les faltaba capacidad y esfuerzo.

Después de enero de 1959 se mostraron reacios a todo cambio, e hicieron cuanto pudieron por regresar al estatus anterior que tanto los beneficiaba.

Siempre fueron en extremo críticos con la existencia de un solo partido, rememorando, con añoranza, la época del multipartidismo, aunque jamás pudieron responder una interrogante que se les hizo alguna vez, en medio de una discusión sobre el tema: Si todos los partidos de ustedes no le resolvieron el hambre y la miseria de la gente en más de 50 años de seudorrepública, ¿cómo se supone que ahora resolverían los problemas de Cuba?

Para ponerle la tapa al pomo, alguien, con un genial manejo del sarcasmo, los paró en seco: «Mira, yo creo que ustedes tienen razón. Tener muchos partidos es la solución de los problemas. Solo hay que ver lo bien que le ha ido al tercer mundo, o lo “arrepentidos” que están los yanquis, que prácticamente solo tienen uno, aunque lo “partan” en dos».