Del Moncada a la dignidad plena

Freddy Pérez Cabrera
Granma
A casi siete décadas de la enunciación por Fidel de La Historia me Absolverá, sus ideas y principios continúan trazando el camino de la Patria

Triste y desolador fue el panorama que encontró la Revolución tras el triunfo del 1ro. de Enero de 1959. Con la victoria se iniciaba una nueva etapa de luchas que estremecería los cimientos de la sociedad cubana. Las premonitorias palabras de Fidel, expresadas el 8 de enero a su llegada a La Habana, no tardaron en hacerse realidad: «La tiranía ha sido derrocada, la alegría es inmensa y, sin embargo, queda mucho por hacer todavía…».

La Revolución había heredado un cuadro de desgobierno, corrupción, analfabetismo, prostitución y desigualdades que ya había sido descrito de manera magistral en La historia me absolverá por el jefe de la acción del 26 de julio de 1953.

Entonces, el joven líder denunció que más de 600 000 cubanos estaban sin trabajo, entre los cuales se contaban los cerca de 10 000 jóvenes graduados que no habían encontrado empleo; y que 200 000 familias campesinas no tenían una vara de tierra donde sembrar alimentos para sus hijos.

Igual de penosa era la situación del 85 % de los pequeños agricultores cubanos que estaban pagando renta mientras vivían bajo la perenne amenaza del desalojo de sus parcelas; o los 500 000 obreros del campo que solo trabajaban cuatro meses al año y pasaban hambre el resto.

Triste también era la realidad de los más de dos millones de personas de la población urbana que pagaban  lquileres que absorbían entre un quinto y un tercio de sus ingresos, y de los cerca de tres millones que carecían de luz eléctrica; además de los miles y miles de niños que asistían a las escuelitas públicas del campo descalzos, semidesnudos y desnutridos.

El  90 % de los niños del campo estaba devorado por parásitos, lo cual acontecía en un país que, según datos conservadores, tenía una tasa de mortalidad infantil estimada de 60 fallecidos por cada mil nacidos vivos; aunque estudios realizados posteriormente indican que en esos tiempos no había una sola nación de América Latina con una tasa menor de 120.

En ese tiempo, la mayoría de la población era analfabeta total o funcional, menos del 10 % de los adolescentes y adultos alcanzaba el sexto grado, existían más de 10 000 aulas sin maestros, y la educación superior era un sueño inalcanzable, al igual que la enseñanza especial.

Esos y otros males denunciados por Fidel en el juicio por los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo, encontrarían

respuesta a partir del triunfo de la Revolución, cuando por primera vez en su historia el pueblo fue dueño de la tierra, las industrias y las viviendas; además de ser protagonista de una épica  campaña de alfabetización que llevaría la luz de la enseñanza a los rincones más apartados de esta tierra.

Cientos de hospitales y escuelas fueron construidos, así como universidades que prepararon médicos, técnicos y especialistas para Cuba y el mundo, además de sentarse las bases para democratizar los espacios de creación, difusión y acceso a la cultura, con lo cual se hizo realidad el profundo anhelo martiano que preside nuestra Constitución, del culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

LLEGÓ EL COMANDANTE Y MANDÓ A PARAR

El 3 de marzo de 1959,  el Gobierno Revolucionario dispuso las intervenciones de la Cuban Telephone Company y la rebaja de sus tarifas, así como de la llamada Cooperativa de Ómnibus Aliados y la empresa Autobuses Metropolitanos S.A. Posteriormente, el 6 de agosto, en un acto histórico, presidido por el Comandante en Jefe Fidel Castro, se nacionalizó, junto con otras compañías norteamericanas, el monopolio telefónico.

Comenzaba de esa forma la aplicación, por la naciente Revolución, de las primeras leyes de fuerte reclamo popular, en cumplimiento del Programa del Moncada, las cuales constituían algo inédito respecto a programas políticos precedentes, con la visión de resolver los verdaderos problemas de la sociedad cubana.

A estas medidas seguirían otras como la Ley de Reforma Agraria, que acabaría con el latifundio en Cuba, y la firma de la Ley de Reforma Urbana, entre otras, con la cual el Gobierno Revolucionario declaró ante el pueblo y el mundo que la Revolución había cumplido con el Programa del Moncada.

Con la aprobación de esas leyes, Fidel anunció que se cerraba una etapa decisiva y fundamental de la Revolución que, a partir de ese momento, iniciaba una nueva.

El líder revolucionario informó al pueblo que otro documento guiaría a la Revolución en su devenir histórico: «Entramos en una nueva etapa; los métodos son distintos; nuestros principios están hoy sintetizados en la Declaración de La Habana».

A partir del 15 de octubre de 1960, la referida declaración de principios, aprobada por el pueblo cubano unas semanas antes, el 2 de septiembre de 1960, pasó a ser el programa de lucha de la Revolución Cubana.

Por coincidencia histórica, el propio 14 de octubre, fecha de la aprobación de la Ley de Reforma Urbana, quedó constituida la Comisión Nacional de Alfabetización, que orientaría la labor alfabetizadora de la república para que, durante el año 1961, fuese erradicado el analfabetismo en Cuba, una de las principales batallas libradas por la Revolución triunfante en sus primeros años.

Todas estas transformaciones fueron llevadas a cabo en medio de la más cruenta guerra orquestada y financiada por el Gobierno estadounidense, que incluyó el fomento y la organización del terrorismo de Estado mediante el sabotaje y el bandidismo; además de la ruptura de relaciones diplomáticas por todos los países latinoamericanos, con la honrosa excepción de México.

No puede olvidarse, tampoco, la invasión por Playa Girón; el genocida bloqueo económico, comercial y financiero, que hasta hoy continúa como principal causa de los problemas para el desarrollo de nuestra sociedad; la masiva campaña mediática difamatoria contra el proceso emancipador y sus líderes, en especial contra Fidel, objetivo de más de 600 planes de atentados; la Crisis de Octubre; además del secuestro y ataque a embarcaciones y aeronaves civiles.

A casi siete décadas de la enunciación por Fidel en La Historia me Absolverá, sus ideas y principios continúan trazando el camino de la Patria, esta vez en condiciones tan difíciles como las expuestas por el líder de la Revolución aquel memorable 8 de enero de 1959. Y, como entonces, con igual determinación de vencer cuanto obstáculo se interponga en el camino de la soberanía y la independencia nacional.

QUE VEREMOS ARDER

A Marcia Leiseca, conversando hacia la Plaza de la Revolución

Abel derramó su sangre en el comienzo.

No lo siguieron más que los humildes, los olvidados.

Y, luego de andar sobre el mar,

Quedaron doce, y todo empezó de nuevo.

Bajaron con barbas al romper el año,

Y tuvieron discípulos sobre la vasta tierra.

Eso lo sabía ya el libro.

Pero los símbolos que ellos hicieron

No tenían libros: los que hicieron las cosas

No tenían nombres, o al menos sus nombres

No los sabía nadie. Las fechas que llenaron

Estaban vacías como una casa vacía.

Ahora sabemos lo que significan Cuartel Moncada, 26,

Lo que significan Camilo, Che, Girón, Escambray,

octubre.

Los libros lo recogen y lo proponen.

El viento inmenso que lo afirma barre las montañas y los

llanos

Donde los que no tienen nombres,

O cuyos nombres no conoce nadie todavía,

Preparan en la sombra llamaradas

Para fechas vacías que veremos arder.

 

Roberto Fernández Retamar