Del arte militar de Ignacio Agramonte

MSc. Ricardo Muñoz Gutiérrez
UNHIC-Camagüey
Desde los inicios de la guerra hay evidencias conclusivas del conocimiento que tenía Agramonte del tipo de guerra que debían realizar los cubanos

En ocasión del aniversario de la caída del mayor general del Ejército Libertador Ignacio Agramonte Loynaz en el combate de Jimaguayú —11 de mayo de 1873—abordamos algunos aspectos de su arte militar, entendiendo este como el conjunto de regularidades sobre las formas y métodos de preparación y realización de la lucha armada.

Desde los inicios de la guerra hay evidencias conclusivas del conocimiento que tenía Agramonte del tipo de guerra que debían realizar los cubanos. El 3 de mayo de 1869 —ocho días después de asumir el mando de la fuerzas del Camagüey— dirigió su primera acción combativa en Ceja de Altagracia. Fue un clásico combate de guerra irregular donde se cumplieron las máximas de causarle pérdidas al enemigo sin sufrir propias, aprovechar las características del terreno, imponer al adversario el lugar donde combatir, el acondicionamiento ingeniero del terreno, la estratagema de ubicar una trinchera sobre la línea férrea que simulara ser la emboscada principal para sorprender por un flanco con la verdadera —aprovechando los errores de los jefes españoles que hicieron una mala elección del objetivo a golpear— y una retirada organizada y oportuna para continuar hostilizando al enemigo hasta verle refugiado en la capital de la jurisdicción; un ejemplo de combatir de la forma más conveniente.

En 1871 Agramonte evidencia con mayor claridad su maduración como militar por sus aptitudes, conocimiento y dotes de mando —que va perfeccionando día tras días— para conducir la guerra irregular que provoque el desgaste de un enemigo superior. Para ello toma en consideración las características del terreno, emplea el factor  sorpresa, la estratagema de simular una fortificación o trinchera y encubrir otra desde donde ejecuta la acción principal, la retirada oportuna y expedita de las fuerzas mambisas y en ocasiones dejar solo las fuerzas necesarias para continuar hostigando al enemigo y no dejarlo descansar o moverse libremente, dejarse detectar por el enemigo o simular un ataque y retirarse para provocar la persecución y por sorpresa enfrentarla con más fuerzas provocándoles bajas más o menos importantes.

Comprendió Agramonte que, en las condiciones de desventaja logística que combatía el Ejército Libertador, era necesario autoabastecerse aprovechando el ingenio criollo, las posibilidades que les brindaba la naturaleza y lo que se le podía arrebatar al enemigo. Dirigió la creación y organización de fábricas o talleres, donde se elaboraba o reparaba parte de los efectos logísticos que necesitaban las fuerzas insurrectas, incluyendo una pólvora que se fabricaba con guano de murciélago, una lejía que se obtenía de las cenizas del árbol conocido como jobo, carbón de cedro y azufre. Estos talleres se asentaron en su mayoría en la zona de Najasa y Sierra de Cubitas, donde existían tupidos montes capaces de brindar protección contra cualquier ataque sorpresivo de las fuerzas españolas sin tener necesidad de emplear numerosa custodia.

Sin embargo, hay tres elementos del arte militar cubano que todos identifican plenamente con el Mayor.

El primero, la caballería camagüeyana, su capacidad y orden combativo según la correlación de fuerzas. Se concentraba cuando el enemigo dividía sus fuerzas para aniquilarlas o cuando los españoles operaban con concentración de fuerzas entonces como si fuese una guerra de guerrillas. Con pocos jinetes hostilizaba constantemente al enemigo y con rápidos movimientos de un lugar a otro lo desconcertaba, impidiéndole conocer el lugar exacto donde se encontraba la fuerza insurrecta.

En segundo lugar, la disciplina que logró de sus oficiales y soldados, demostrada en los reglamentos, orden de los campamentos, cuidado del armamento, ahorro de municiones y atención al caballo, a pesar de la frugalidad en la alimentación salvada por secretos del guerrillero que pasan inadvertidos para el soldado regular.

Por último, pero no mensos importante, su liderazgo, ganado por su valor, genio militar y ejemplo personal. Junto al celo por el cumplimiento del deber de sus hombres, se caracterizó por el logro de un especial respeto hacia ellos; en ello influyeron mucho sus muestras de responsabilidad con la vida de los compañeros. Cómo olvidar la anécdota de cuando escaseaba el alimento y su indicación para compartir una guayaba.

Todos estos méritos fueron reconocidos por el mayor general Máximo Gómez cuando escribió que las fuerzas de la División de Camagüey que había dejado Agramonte eran las mejores del Ejército Libertador.