Céspedes, entre grandeza e ingratitud (+Video Estreno)

Haroldo Miguel Luis Castro
Cubahora
Quiso el caprichoso azar que su nombre pasara a la eternidad como el necesario agitador de una época que, incapaz de aguantar sobre sus hombros otra carga de humillación o servilismo, se le dificultaba lanzar el grito de rebeldía desde los talleres masónicos...

“El pensamiento de Carlos Manuel de Céspedes es poco o más bien desconocido. Los cubanos no saben casi nada de sus ideas acerca de los grandes problemas del país en aquel entonces. Y mientras en Cuba repiten con frecuencia algunas frases de otros héroes de nuestra patria, rara vez se oye o ve publicado algún pensamiento de Carlos Manuel de Céspedes”.

Así iniciaría la ya fallecida historiadora Hortensia Pichardo el prólogo del libro El Diario Perdido, obra publicada en 1992 por uno de los grandes "cespedianos" de nuestro tiempo, el también célebre investigador e historiador Eusebio Leal Spengler. Desde entonces, nada o casi nada ha cambiado el panorama descrito. Para muchos, el iniciador de nuestras luchas independentistas encabeza la cúpula de próceres magníficos, que el tiempo y la memoria se encargaron de inmortalizar tomándose el cuidado de opacar cualquier ápice de humanidad en ellos.

¿Quién era aquel bayamés de pequeña estatura, ojos grandes y complexión atlética? ¿Un amante empedernido? ¿Un delicado y febril poeta? ¿Un servicial hermano de fraternidad? ¿Un revolucionario radical?... ¿La grandeza de la imperfección en carnes y huesos? Para nada pretenden estas líneas develar el alma de un gigante, aunque sí diríamos sin temor a exagerar que Céspedes fue, en esencia, un idealista incomprendido.

Quiso el caprichoso azar que su nombre pasara a la eternidad como el necesario agitador de una época que, incapaz de aguantar sobre sus hombros otra carga de humillación o servilismo, se le dificultaba lanzar el grito de rebeldía desde los talleres masónicos por excesivas dudas y especulaciones

Poco más de 150 años después, los ignorantes de su propia ignorancia podrán tildarlo de ambicioso y oportunista por “robar” la insurrección de Francisco Vicente Aguilera, el noble millonario que encontraría la muerte en Estados Unidos teniendo como única riqueza la satisfacción de haber servido a su país. Pero quien sepa ver más allá, juzgará que las revoluciones poco entienden de condiciones y planificación.

 

 

Para bien o para mal, aquel glorioso 10 de octubre La Demajagua amanecería entre los gritos de negros libres, el baile de machetes apuntando al cielo y la voz profunda de un hombre obstinado en leer la proclama que llamaba al sacrificio de la lucha y enarbolaba como bandera la igualdad entre todos. Jurista al fin, sabía las ventajas de tener el poder y lo quería. Se sentía con la potestad de reclamarlo por convertirse en el primero en romper las cadenas del yugo colonial.

Por eso, defendió como ninguno el mando único y recibió con agrado la designación de primer Presidente de la República en Armas en abril de 1869, a la edad de 50 años, para despojarse del cargo de General en Jefe y Encargado del Gobierno Provisional. En la alocución realizada tras su nombramiento, publicada en Nueva York el 22 de mayo de 1869 por el periódico separatista cubano La Revolución, Céspedes de ningún modo concibió esconder sus sentimientos:

“La institución de un gobierno libre en Cuba, sobre la base de los principios democráticos, era el voto más ferviente de mi corazón. Bastaba, pues, la efectuada realización de este voto para que mis aspiraciones quedasen satisfechas y juzgara sobradamente retribuidos los servicios que, con vosotros, haya podido prestar a la causa de la independencia cubana (…) Pero la voluntad de mis compatriotas ha ido mucho más allá, echando sobre mis hombros la más honrosa de las cargas con la suprema magistratura de la República (…) Cubano: con vuestro heroísmo cuento para consumar la independencia. Con vuestra virtud para consolidar la República. Contad vosotros con mi abnegación”.

Gobernó por espacio de cuatro años y seis meses. Tiempo en el que, como toda obra humana, mostró luces y manchas. Consiguió el reconocimiento diplomático y la simpatía de naciones como México, Chile, Brasil, Colombia Perú y El Salvador. Hasta el conocido escritor romántico Víctor Hugo levantó su verbo incomparable en solidaridad con la pequeña colonia que desafiaba a la gigante España. 

Céspedes quizás haya sido de los primeros en percatarse de la doble moral de la administración estadounidense al identificar su política de falsa neutralidad respecto a la gesta emancipadora. Hecho que le recriminaría en 1871 al diplomático Charles Summer, Presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado:

“Los admiradores del pueblo más libre del mundo, la República de los Estados Unidos de América, entre los cuales están los patriotas cubanos, lamentan la actitud de ese Ejecutivo para con nuestra Revolución. La nación americana que ha simpatizado con todos los que han luchado por la libertad y que hasta auxilió a algunos noblemente, no puede menos que simpatizar con Cuba, como han venido a demostrar las entusiastas y numerosas manifestaciones de los diversos órganos de la opinión pública.

A la imparcial historia tocará juzgar si el gobierno de esa República ha estado a la altura de su pueblo y de la misión que representa en América; no ya permaneciendo simple espectador indiferente de las barbaries y crueldades ejecutadas a su propia vista por una potencia europea monárquica contra su colonia, que en uso de su derecho, rechaza la dominación de aquélla para entrar en la vida independiente, (siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos) sino prestando apoyo indirecto moral y material al opresor contra el oprimido, al fuerte contra el débil, a la Monarquía contra la República, a la Metrópoli europea contra la Colonia Americana, al esclavista recalcitrante contra el libertador de cientos de miles de esclavos”.

Sin embargo, no sería la falta de ayuda procedente del exterior el asunto que le quitaría el sueño en las noches. Pues en sus propias espaldas la Cámara de Representantes, órgano legislativo de la República en Armas, pretendía encauzar políticas fuera de su agrado. Las contradicciones con la Cámara quedaron definidas prácticamente desde el comienzo de su mandato. Pese a luchar por el mismo objetivo, las miserias humanas abrieron un abismo en el propio corazón del movimiento y terminó con su destitución el 27 de octubre de 1873.

El “Presidente viejo”, como lo llamaron, hizo cuanto estuvo a su alcance para evitar caer en el infortunio del deshonor. Jamás exigió para sí la consideración y el respeto que por derecho propio se había ganado. Cansado, casi ciego, sin escolta y sin esperanza alguna de poder abandonar el país de manera legal ante la negativa del nuevo gobierno mambí, desatendió los reclamos de quienes le añoraban un destino mejor y decidió acatar el futuro de sus últimos momentos en la inhóspita soledad de la Sierra Maestra.

Puede que su muerte represente una de las páginas más oscuras y vergonzosas de nuestra historia. Porque cuando el 27 de febrero de 1874 su cuerpo se desplomaba por un acantilado producto de una desventajosa batalla con todo un batallón, la bala que lo atravesó, aunque española, llevaba la firma de aquellos soberbios, celosos y desafiantes hijos cubanos que decidieron condenar a su propio padre.

A doscientos años de celebrarse el natalicio de quien cambió para siempre la realidad de La Mayor de las Antillas, Céspedes continúa siendo, como él mismo predijo en uno de sus últimos escritos,“ la sombra que vaga pesarosa en las tinieblas”.

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