Calixto García entre los fundadores de la nación

MARTHA GÓMEZ FERRALS
ACN
Los cubanos recuerdan siempre con agrado las afectuosas palabras de José Martí cuando se refirió a él como “el hombre de la estrella en la frente”, sin dudas por su destacada trayectoria en campaña, pero también aludiendo a la cicatriz en su frontal, originada por la salida de un proyectil con el que intentó suicidarse en 1874, para no caer vivo en manos del enemigo.

El 4 de agosto de 1839 nació en la ciudad de Holguín Calixto García Iñiguez, combatiente de las tres guerras de independencia, en las cuales alcanzó el grado de general. Una figura descollante entre los próceres de la nación considerados padres fundadores, por su amor a la Patria y su contribución a la causa de la libertad, al precio de sus vidas.

Los cubanos recuerdan siempre con agrado las afectuosas palabras de José Martí cuando se refirió a él como “el hombre de la estrella en la frente”, sin dudas por su destacada trayectoria en campaña, pero también aludiendo a la cicatriz en su frontal, originada por la salida de un proyectil con el que intentó suicidarse en 1874, para no caer vivo en manos del enemigo.

Desde muy temprano en la vida debió dedicarse a aprender faenas del sector del comercio, al tiempo que estudiaba de manera autodidacta, con el empeño de hacerse universitario, primero en Bayamo, luego en La Habana, y finalmente en Jiguaní, en el Oriente. No pudo alcanzar el sueño de concretar la carrera, aunque se hizo un hombre de bien y un gran patricio mientras se esforzaba.

Fue en el pequeño poblado de Jiguaní donde debió encargarse de un tejar perteneciente a su madre, Lucía Iñiguez, y se casó muy joven con Isabel Vélez, unión muy sólida que procreó una familia de seis vástagos.

Cuando el 10 de Octubre de 1868 estalló la primera guerra de independencia en el ingenio Demajagua, él ayudaba a llevar las cuentas de la finca a un terrateniente local.

Se incorporó enseguida a la contienda y comenzó a destacarse rápidamente, primero al mando del general Donato Mármol desde el 13 de octubre de 1868, fecha de su incorporación.

Por su intrepidez y valor pronto integró el Estado Mayor comandado por un general tan exigente como Máximo Gómez, a quien llegó a sustituir más adelante, ya dueño de una pericia que mostraba como estratega militar.

Tenía facilidad para el aprendizaje, pues los conocimientos militares de que hizo gala desde entonces y en todas las campañas en las que se alistó, los adquirió de forma autodidacta. Y eran muchos y muy técnicos incluso.

Cuentan que fue el general que mayor uso llegó a hacer de la artillería, planificaba eficazmente el asedio y toma de comunidades y ciudades; así como los asaltos a columnas enemigas. Participó en la Guerra de los Diez Años, la Guerra Chiquita y la Guerra Necesaria.

En tiempos bajo el mando del mayor general Máximo Gómez, luchaba con el grado de general de brigada y se convirtió en jefe del estado mayor del Generalísimo cuando éste era jefe de la División holguinera. Su ejecutoria, mostrada en cuantiosas batallas y combates, dio siempre medida de su talla como militar.

La huella dejada en el campo de la ética fue igualmente notable. Sustituyó al Generalísimo cuando éste fue a ocupar otros cargos, en la jefatura de la División Cuba, que abarcaba los distritos de Baracoa, Guantánamo, Santiago de Cuba y El Cobre, manteniendo el mando de la División de Holguín, con disciplina y gran sentido del honor.

En 1873 estuvo entre los que respaldó la deposición de Carlos Manuel de Céspedes, como presidente de la República en Armas.

Continuó en la lucha y pasó a dirigir la guerra en toda la provincia de Oriente. Tras múltiples batallas durante 1873 y 1874, marchó al frente de mil 200 hombres hacia Camagüey. Con el acuerdo de realizar la invasión a Las Villas, regresó a Oriente en marzo, y tuvo que sofocar el motín provocado por el teniente coronel Payito León, en Las Tunas.

El enemigo logró cercarlo en 1874 en San Antonio de Baja, próximo a Bayamo. Prefirió morir por su propia mano antes de caer prisionero de los españoles y se disparó debajo de la barbilla. No consiguió su fin: la bala salió por la frente.

En estado de gravedad es enviado a cárceles españolas, donde permaneció cuatro años. Con el Pacto del Zanjón, ocurrido el 10 de febrero de 1878, fue puesto en libertad.

Como otros patriotas inclaudicables no se dio por vencido. Marchó a Nueva York con el propósito de preparar una nueva guerra. Allí presidió el Comité Revolucionario Cubano que alistó la llamada Guerra Chiquita. Tras intentos abortados, desembarcó por la Playa Cojímar, al oeste de Santiago de Cuba, el 7 de mayo.

Enfermó y viendo que no existían condiciones para la lucha, capituló el 3 de agosto en Mabay, cerca de Bayamo. Fue deportado a España, donde residió hasta que comenzó la Guerra del 95, y entonces se traslada a Nueva York.

Pudo integrarse a una expedición destinada a respaldar la Guerra Necesaria convocada por José Martí, iniciada el 24 de febrero del 95. Así logró desembarcar nuevamente en su amada Isla el 24 de marzo de 1896, al frente de 78 hombres, por Maraví, a 10 kilómetros al noroeste de Baracoa.

Tras la caída del mayor general Antonio Maceo el 7 de diciembre de 1896, fue nombrado Lugarteniente General del Ejército Libertador, manteniendo el cargo de jefe del Departamento Oriental.

La maniobra injerencista de Estados Unidos frustró en 1898 la independencia a punto de ganar gloriosamente por los mambises. Y dio el golpe de gracia a España con la famosa derrota que propinó al Comandante Cervera en Santiago de Cuba y con la ocupación militar de la Isla.

A pesar de la contribución de los cubanos en armas a la toma de Santiago de Cuba, el ejército estadounidense negó la entrada a la ciudad de las huestes del General García.

Lleno de indignación por la acción vejatoria y de fuerza, Calixto García renunció al cargo de jefe del Departamento Oriental y marchó con sus tropas hacia Jiguaní. El 17 de julio escribió una carta de protesta al jefe de las fuerzas norteamericanas, el general William Rufus Shafter. Ya había comprendido las verdaderas intenciones de los invasores del Norte.

El Consejo de Gobierno lo destituyó del cargo de Lugarteniente General del Ejército Libertador. Aun así días después hizo su entrada en Santiago de Cuba, donde fue objeto de un gran recibimiento popular.

Tales ingentes sucesos lo llevaron a viajar posteriormente a Washington con la encomienda de procurar el reconocimiento merecido a los verdaderos libertadores, así como los recursos financieros necesarios para el licenciamiento de los miembros de su heroico ejército. En esa misión ocurrió su lamentable deceso el 11 de diciembre de 1898, debido a una pulmonía fulminante.