A 20 años de una infamia

René González
PCC
El 8 de junio de 2001, René, Antonio, Fernando, Gerardo y Ramón recibieron un injusto veredicto de culpabilidad, tras un amañado y largo juicio en Miami, la ciudad donde nunca debieron ser juzgados

En esta fecha y a la distancia de 20 años, paliando el agotamiento de siete meses de brutal rutina con el suelo de una celda como lugar de descanso, cinco hijos de Cuba esperamos durante varias horas el anunciado veredicto que pondría sello a otra agresión contra la isla.

Habían transcurrido 1000 días desde nuestros arrestos, 508 jornadas en celdas de castigo, de ellas 151 en solitaria, y durante 107 sesiones se había jugado nuestra suerte en un turbio y amañado juicio, en que el contraste entre la desvergüenza de los fiscales y nuestra moral nos había permitido gozar de 7 gloriosos meses, haciendo trizas las acusaciones y exponiendo, por vez primera en una corte de Miami, a los terroristas y narcotraficantes que como rémora de la Operación Pluto aún campeaban por sus respetos en el Sur de Florida, y al gobierno de sus complicidades, en esta ocasión representado en el Departamento de Justicia.

En la mañana de ese 8 de junio, tras la rutina de cerrar a nuestras espaldas la reja de aquella perrera y como quien no quiere la cosa, los alguaciles se interesaron en saber quienes de nosotros éramos ciudadanos norteamericanos y quienes no. Obviamente, en aquel día, no era el jurado el único ente deliberante y los oficiales, que habían presenciado aquel juicio, se preparaban para la posibilidad de entregar a inmigración a parte de los acusados para su deportación a Cuba.

Nosotros, entretanto, no nos tomábamos tan en serio el resultado de nuestras propias deliberaciones. Conociendo el trasfondo de aquella representación mejor que nadie, teníamos razones sobradas para no compartir el optimismo de los U.S. Marshalls. Luego de jugar un poco a Escriba y Lea, para matar el tiempo, el agotamiento terminó por acolchonar el concreto de aquel piso y nos entregamos al sueño.

Alrededor de las cuatro de la tarde llegó la primera señal de aprensión, cuando los alguaciles nos informaron que el panel pidió una hora extra. Detalle preocupante en una tarde de viernes, con sólo tres días para unas deliberaciones que los más avezados habían calculado en al menos dos semanas. O teníamos un jurado de genios -cosa de dudar- o los doce querían matar, salar y salirse de una buena vez de esta historia.

A las 5 de la tarde somos llevados a la corte. Entre el público y nosotros se ha establecido una barrera de alguaciles: “Es la primera vez que me llaman a una sala para proteger a los acusados de la violencia del público y no al revés”, me comenta uno de ellos. Un dato curioso: Es nacido en Camagüey y crecido en los Estados Unidos. Evidentemente alguien más ha hecho sus propias deliberaciones.

A las 5:03 pm hace su entrada la Jueza y poco después se leen los veredictos. A las 5:17 pm ya todos hemos sido declarados culpables de todos los cargos.

El resto es historia, personal y colectiva: Los rostros avergonzados del personal de la corte, las palabras de apoyo de los alguaciles en el camino de regreso, su incredulidad y sus expresiones de bochorno, el estruendoso y masivo aplauso de los presos al regreso a la unidad.

Y luego, en el noticiero estelar, el júbilo de la contrarrevolución, los llamados al encausamiento de Fidel, el jolgorio y ese traicionero soplo de lucidez que, no obstante lo curtidos por el odio, delata en la reiteración de una palabra que saben lo que realmente sucedió, durante los últimos siete meses, en la sala: “¡Milagro! ¡Milagro!”

Entretanto al sur, en la Cuba que soñaron siempre el objeto último de aquellas acusaciones, un verdadero hacedor de quimeras se aprestaba a encontrar la justicia, convocando a su pueblo al combate, y a no cejar hasta convertir en milagro el veredicto de millones que reclamaba la vergüenza humana, hasta devolver a aquellos cinco hijos a la patria.