Verde joven de rostro detenido

Dra Cs María Caridad Pacheco González
Unión de Historiadores de Cuba
Más de cien mil jóvenes estudiantes cantando su himno avanzaron “por llanos y montañas”, “cumpliendo con la Patria, luchando por la paz”, y llevaron con sus letras la luz de la verdad por todos los rincones del país

El 5 de enero de 1961, bandas contrarrevolucionarias apoyadas por Estados Unidos asesinaron en la Sierra del Escambray al maestro voluntario Conrado Benítez García, con la intención de amedrentar a los jóvenes cubanos de incorporarse a la Campaña Nacional de Alfabetización que comenzaba. Al momento de ser asesinado contaba con 18 años y se iniciaba como maestro voluntario en una escuela de las montañas de Sancti Spíritus, donde daba clases a 44 niños por el día y por la noche a otros tantos adultos para erradicar el analfabetismo. Las únicas armas que portaba  eran un libro de anatomía, uno de matemáticas, uno de composición y algunos regalos que llevaba a los niños.

De procedencia humilde, nació el 19 de febrero de 1942 en Matanzas. Su padre, Diego, era obrero de la construcción y la madre, Eleuteria, ama de casa. Como tantos niños de su condición, desde pequeño Conrado conoció las penurias de la pobreza y hubo de ganarse el sustento como limpiabotas, primero, y más tarde al llegar a la adolescencia, la madrugada lo sorprendía en una panadería para contribuir al mantenimiento del hogar. Sin embargo, encontraba tiempo durante el día para estudiar y superarse.

Luego del triunfo revolucionario, matriculó en el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas, y en abril acudió a la convocatoria de la Revolución para movilizar a la juventud hacia las zonas rurales más atrasadas, con la tarea de enseñar a leer y escribir a sus habitantes. Culminada su preparación en Minas de Frío, en la Sierra Maestra, fue de los primeros en escalar el Pico Turquino. Después lo designaron como maestro voluntario en la Sierra Reunión, colindante con la zona de Gavilanes, en la Sierra del Escambray. De allí lo trasladaron para el caserío de La Sierrita, donde el campesino Virgilio Madrigal, le ofreció dos locales en un aserradero. A uno lo utilizó como dormitorio, y en el otro instaló un aula donde alfabetizaba.

En la tarde del 4 de enero de 1961, al regreso de sus vacaciones, Conrado Benítez y Magaly Olmos López, se enrumbaron a sus respectivas aulas en el Escambray. En el trayecto, para no continuar camino de noche, ella prefirió quedarse en la casa de un campesino. Él, sin embargo, decidió continuar hacia La Sierrita. Llevaba libros de cuentos, lápices de colores y juguetes que había comprado para sus pequeños alumnos, y estaba ansioso de ver la reacción de aquellos niños, al recibir los regalos.

Al anochecer, Conrado llegó a su destino y se retiró a descansar, pero fue sorprendido por un grupo de hombres armados que lo golpearon, le ataron las manos a la espalda y lo secuestraron. Después de una larga caminata desde La Sierrita hasta Las Tinajitas, en San Ambrosio, Trinidad, llegaron al campamento donde los esperaba Osvaldo Ramírez. Este había sido aprobado siete días antes por el agente de la CIA Ramón Ruisánchez (Comandante Augusto) al mando de las bandas de alzados en el Escambray, y tenía la indicación de sembrar el pánico entre la población campesina, así como frustrar los planes de desarrollo económico y social de la zona.

A Conrado lo introdujeron en una jaula forrada con una malla de alambre, donde tenían también al campesino Eleodoro Rodríguez Linares, Erineo, conocido en la región por su participación en la lucha insurreccional contra la tiranía batistiana y su apoyo a la Revolución. Ramírez prometió al joven maestro que si traicionaba sus ideales y se incorporaba a sus tropas le perdonaría la vida. Con firmeza, el joven respondió que él era maestro y no abandonaría a sus niños cuando más lo necesitaban. Aquella respuesta irritó al bandido, quien escribió una nota cargada de odio, anticomunismo y racismo, donde anunciaba la muerte terrible que le daría al muchacho.

En la mañana del 5 de enero, Ramírez ordenó sacar de su encierro a los prisioneros y tras acusarlos  de comunistas, dio la orden de asesinarlos con saña. Lo martirizaron, le lanzaron piedras, lo pincharon con cuchillos y bayonetas. Cuando ya se encontraba en muy mal estado físico, le cortaron los genitales y lo ahorcaron. A seguidas, Erineo, que contaba tan solo 31 años corrió la misma suerte.

El crimen provocó indignación y levantó la voluntad inquebrantable de lucha en los jóvenes que, sin amedrentarse, se mantuvieron firmes en la campaña. Meses después, el país fue declarado libre de analfabetismo, y el nombre Conrado Benítez ilumina a muchos que siguen el camino de la enseñanza, y se miran en el ejemplo de aquel “verde joven de rostro detenido”, como lo llamara nuestro poeta nacional Nicolás Guillén.

Y así fue, más de cien mil jóvenes estudiantes cantando su himno avanzaron “por llanos y montañas”, “cumpliendo con la Patria, luchando por la paz”, y llevaron con sus letras la luz de la verdad por todos los rincones del país hasta declarar a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo el 22 de diciembre de ese mismo año.

Aquel día memorable, Fidel expresó: “¡Qué vergüenza para el imperialismo comprobar que el crimen fue inútil, comprobar que el asesinato de un maestro humilde de nuestro pueblo, Conrado Benítez, se convirtió en cien mil brigadistas…!