Padre de la Patria: la más alta jerarquía en el panteón de los cubanos inolvidables

Lic. Diana Torres Rodríguez
Departamento de Historia de la Universidad de la Habana.
Carlos Manuel de Céspedes asumió la presidencia de la República de Cuba en Armas y los camagüeyanos ocuparon los cargos fundamentales de la Cámara de Representantes.

Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo ha pasado a la posteridad de la historia de Cuba con el título de Padre de la Patria. Su vida consagrada a la independencia de Cuba así lo ameritó. Encargado de enrolar a la Isla en el proceso independentista que se había retrasado por diferentes cuestiones con respecto al continente americano, le permitió convertirse en el primer presidente de la República en Armas.

Nacido en una familia adinerada en el Oriente de Cuba, pudo tener una excelente educación, culmina sus estudios de Derecho Civil en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, obteniendo el grado de bachiller el 22 de marzo de 1838. Sus viajes por Europa van a influir en su futura vida política, debido a que durante su estancia en Cataluña, mientras realiza estudios en la Universidad de Cervera, vive intensamente los conflictos creados por la dependencia de la región con Castilla. Al obtener su título de abogado del Reino y realizar diferentes viajes por el resto de Europa, regresa a Cuba, pero sería muy diferente al joven ingenuo que había partido hace un tiempo.

Establecido en Bayamo abre un bufete de abogados e inicia su conspiración alrededor de septiembre de 1867, junto a Francisco Vicente Aguilera y Perucho Figueredo, creando la Junta Revolucionaria de Manzanillo. Era de la idea de comenzar de inmediato la guerra contra España, defendida en la reunión en San Miguel de Rompe. Al conocer sobre una supuesta delación del proceso conspirativo, adelanta el levantamiento en armas dando la orden de reunirse todos en su ingenio Demajagua durante la noche del 9 de octubre, comenzando el proceso independentista cubano el 10 de octubre del 1868 y liberando a sus esclavos para que se incorporasen a la lucha.

Durante la Asamblea de Guáimaro se gestaría la principal contradicción que socavó la guerra, la necesidad de establecer la unidad revolucionaria se sobrepuso a las diferentes concepciones sostenidas hasta el momento, el criterio cespedista de establecer un mando único donde los poderes civiles y militares se concentraran en una misma persona y el camagüeyano partidario de separar ambos poderes, con una división interna del mando civil y la subordinación a este del aparato militar.[1] Carlos Manuel de Céspedes asumió la presidencia de la República de Cuba en Armas y los camagüeyanos ocuparon los cargos fundamentales de la Cámara de Representantes.

El Primer Presidente de la República en Armas se desempeñó en su cargo por 4 años y 6 meses, existiendo momentos de apogeo y resistiendo el embate del ejército. Fue difícil su gestión en el gobierno debido al antagonismo con los miembros de la Cámara, quienes le atribuían una actitud dictatorial (esto era mal visto debido al caudillismo que se desarrolló en toda América Latina al culminar el período independentista). Unido a esto, los partidarios de Aldama en la emigración tejieron una serie de intrigas en torno a su persona. Todo esto desembocó a su deposición[2] por acción legal de la Cámara de representantes el 27 de octubre de 1873. Se le negó salir al extranjero para visitar a su esposa e hijos y se le confinó en la finca San Lorenzo.

Su estancia en la vida tranquila de la sierra la dedicó a escribir, leer, jugar ajedrez y enseñar a leer y a escribir a los niños de la zona. El 27 de febrero de 1874 soldados españoles al conocer su paradero, al parecer por alguna traición, lo sorprenden. Céspedes con su revólver intenta defenderse, pero herido cae por un barranco, pasando a la inmortalidad el Padre de la Patria.

Sin temor a error, se diría que su importancia, en los marcos del decurso de la vida cubana, no ha cesado de aumentar. Su energía viril, su patriotismo insuperable, su correcta percepción del momento adecuado para comenzar el combate anticolonial por vía de la lucha armada y sobre todo, su amor jamás desmentido por la Isla en que nació y la elevada cuota de sacrificio personal que depositó en el altar de la patria oprimida por la metrópoli española lo han elevado, desde el mismo 10 de octubre de 1868, a la más alta jerarquía en el panteón de los cubanos inolvidables.[3]

 Bibliografía:

-Leal Spengler, Eusebio. Carlos Manuel de Céspedes el diario perdido. Roncero, Ciudad de Zamora, 1992.

- Loyola Vega, Oscar. La nación insurrecta. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2018.

 


[1] Loyola Vega, Oscar. La nación insurrecta. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2018, p. 39.

[2] “En cuanto a mí, solo diré que estreché la mano del que me trajo la deposición, diciéndole: ¡Gracias amigo mío!  Me ha traído usted mi libertad” En : Leal Spengler, Eusebio. Carlos Manuel de Céspedes el diario perdido. P. 20.

[3] Loyola Vega, Oscar. Ob., cit. p 214.