Justicia, civismo y Patria en la Constitución del 40

MARTA GÓMEZ FERRALS
ACN
Aunque realmente la Constitución del 40 tuvo el destino de ser mayoritariamente letra muerta, dentro de la práctica político-social cubana, su carácter de avanzada refulgía y solía invocarse como un sol moral, muchas veces violentada y anulada definitivamente por Batista, bajo las órdenes del poder del Norte.

Aprobada el 1 de julio del año que le da nombre, la Constitución del 40 podría haber sido perfectible en mucho, como toda obra humana. Sin embargo, a 82 años de aquel acontecimiento, una mirada consecuente y honesta realzará ante todo lo fiel que fue a su tiempo y al espíritu de sus ilustres antecesoras, y su contribución a una jurisprudencia progresista, con claro apego a la justicia, el civismo, la dignidad humana y los valores patrios.

Con las formas del pensamiento liberal burgués, de acuerdo con Raúl Roa García lo importante de ese documento no era lo que había logrado, sino que establecía la vía, el cauce para el futuro. Incluso cuando debía dar amparo a leyes justas y emancipadoras que nunca pudieron hacerse realidad, su valor es evidente.

Esta Carta Magna refrendó por primera vez en América Latina el derecho inalienable del hombre al trabajo, la igualdad de la mujer y de todas las personas sin distinción de razas, el acceso a los servicios públicos de salud y la educación general, el sufragio universal, además de la prohibición de los latifundios, entre otros avances entonces inauditos, con lo cual alcanzó un enfoque social más profundo, antes no visto.

Dentro de la jurisprudencia resaltaba ya en su época, como hoy, por ser moderna y avanzada. Desde el punto de vista del desarrollo de la creación intelectual y humanista del pensamiento cubano, junto a su progresión patriótica, política y revolucionaria de fondo, su confección y proclamación fueron pasos que nos enorgullecerán siempre, a pesar de los avatares y ostracismo que sufrió.

El simbólico documento fue aprobado por la Asamblea Constituyente encargada de su redacción en Guáimaro, la tierra donde se instauró en 1869 la República en Armas y primera Constitución cubana, en la fecha antes señalada. Ese mismo año, el 10 de octubre, fue puesta en vigor.

Su trascendente y raigal texto venía de una intelectualidad patriótica que conocía y sufría los desmanes de una intervención y luego una Enmienda Platt estadounidenses. Venía también de la toma de conciencia revolucionaria y de la ola que había arrasado con la dictadura criminal de Gerardo Machado. Y contaba con la influencia de líderes como Julio Antonio Mella, Carlos Baliño, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras y Lázaro Peña.

Aunque realmente la Constitución del 40 tuvo el destino de ser mayoritariamente letra muerta, dentro de la práctica político-social cubana, su carácter de avanzada refulgía y solía invocarse como un sol moral, muchas veces violentada y anulada definitivamente por Batista, bajo las órdenes del poder del Norte.

Su vigencia apenas llegó a los 12 años, ya que el 10 de marzo de 1952 el oficial de la policía Fulgencio Batista dio un golpe de Estado y abolió la Constitución, que no fue nunca restituida a pesar de las fuertes movilizaciones y reclamos populares a su favor.

Cabe destacar que en la maduración de la conciencia que posibilitó llegar a la citada Carta Magna están el accionar y movilización patriótica que había resurgido desde inicios de la década del 20 de ese siglo, tiempos en los cuales la sociedad cubana comenzó a fortalecerse con la impronta de organizaciones estudiantiles, jóvenes intelectuales, maestros, obreros y campesinos, de mujeres, que creaban instituciones, sindicatos y confederaciones y tomaban las calles en sus luchas.

A ese hervor social intenso se sumaban nuevas publicaciones, se dictaban vanguardistas conferencias, se hacían un arte y una literatura que enaltecían y ponían al descubierto las raíces históricas y culturales que formaban la nación , incluso las ocultas y preteridas. Sin dejar de nutrirse, además, con las más iluminadoras fuentes universales.

Como se deduce, la Carta Magna del 40 hacía sido forjada en la fragua de las luchas del pueblo y del pensamiento jurídico más avanzado de su tiempo, con una alta honradez y valentía, algo no apto para tiranos, corruptos y ladronzuelos.

Un acto de desagravio y honor significativo protagonizaron los estudiantes de la Universidad de La Habana y el pueblo, hace justamente 70 años, el 6 de abril de 1952, a poco del golpe de estado de Fulgencio Batista.

Se llamó la Jura de la Constitución y en ella ocurrió, promovido por la FEU, el entierro simbólico del cadáver de la Carta Magna, ultrajada por el ilegal acto del ex sargento del ejército, futuro tirano de Cuba. Por varios días los estudiantes velaron el documento y luego de un recorrido desde el Alma Mater hasta el Rincón Martiano, hoy Fragua Martiana, lo inhumaron con la promesa de hacerlo renacer más adelante. Raúl Castro estaba entre los participantes de ese ceremonial.

Y entre los que en aquellos tiempos denunciaron el ultraje a la Constitución estaban Fidel Castro Ruz y Armando Hart Dávalos.

Llegó el momento invocado en la Jura al triunfar la Revolución. Mucho se honró hasta que el tiempo y la vida demandaron las lógicas actualizaciones y renovaciones que merecía.

Los cubanos aprobaron en 1976 y más tarde en 2019 nuevas Cartas Magnas acordes con los cambios que se necesitaban, no sin antes inspirarse en el espíritu probo y leal de todas sus antecesoras mambisas y la del 40, vistas como un señero ilustre y una parte importante del cauce de la historia nacional.